La Guerra Civil española, un proceso patológico de destrucción de los chakras del colectivo
La guerra lo destruye todo, lo material y lo invisible, y los efectos de esa destrucción perviven durante varias generaciones. De la misma forma que el abuso y la violencia que sufre una persona destrozan su chakra raíz y, con ello, afectan al resto de chakras, la guerra destruye el chakra raíz colectivo y el resto del sistema energético de una sociedad. Los historiadores que han escrito sobre la Guerra Civil española y la posguerra han prestado mucha atención, lógicamente, a todo aquello que es conocido porque está documentado o ha sido investigado por otros historiadores. La investigación transpersonal, espiritual, de la que surge este libro nos permite observar esos dos procesos históricos también a través del prisma del sistema de chakras. Como el estudio de las descodificaciones de los nombres de España, esta tarea es apasionante y clarificadora, y compartiré de forma muy breve algunas ideas básicas desde ese punto de vista.
La violencia colectiva fue muy frecuente en los dos últimos siglos de nuestra historia y, finalmente, desembocó en una explosión final en la que fue llevada a extremos nunca vividos antes en lo que se conoce de la historia de España. Lo destruyó todo durante mucho tiempo. Desde el punto de vista del plan espiritual colectivo, el propósito de manifestar una guerra como la de 1936 a 1939 y una larga posguerra es el de llevar la violencia colectiva a un punto extremo máximo después del cual quede cerrado el ciclo centenario de la vivencia de la violencia colectiva por haber alcanzado un estado de consciencia que trascienda la ficción de la necesidad del odio.
Para algunos sectores de ambos bandos, la Guerra Civil española era una guerra de exterminio, de la que el único resultado posible era el “todo o nada”, el “ellos o nosotros”, el “vencedores y vencidos” en términos absolutos. La búsqueda intencionada de la destrucción del otro es un ataque frontal, brutal, a la esencia del primer chakra: el derecho a existir y la posibilidad real, efectiva, de supervivencia en un medio seguro. El derecho a ocupar nuestro espacio, a establecer nuestra individualidad, a cuidarnos; el derecho a tener, especialmente aquello que necesitamos para sobrevivir, son brutalmente violados en una guerra y, si cabe, de una forma especialmente devastadora y desalentadora en una guerra civil, en la que, con una facilidad inusitada, conocidos, vecinos, amigos e, incluso, familiares, pueden dejar de serlo casi de inmediato a los ojos de quien ha caído en la trampa del odio. En la medida en que una guerra civil niega “al otro” el derecho de vivir (primer chakra), es la forma más extrema de desconexión del corazón, de la energía del amor (cuarto chakra), del discernimiento (sexto chakra) y del Espíritu (séptimo chakra). No hay ideología ni “proyecto de futuro” que pueda servir como justificación de la creencia en el derecho a negarle a otro ser humano el derecho a la vida, o el derecho al hogar, a la alimentación, al cuidado de su salud, o a cualquier otro aspecto de su integridad. En la guerra española, no solo atentaron contra el primer chakra las balas y las bombas, sino también la represión cruel, inmisericorde, de las primeras décadas de la posguerra, durante las cuales decenas de miles de personas podían ser encausadas en una misma ciudad en un corto período de tiempo, y una parte de ellas podían ser encarceladas durante décadas o ejecutadas, inmediatamente o al cabo de meses de atroz incertidumbre. En su libro La dictadura de Franco, Javier Tusell afirma que jamás hasta entonces un conflicto civil había concluido en nuestro país con una persecución tan generalizada del vencido (Tusell, p. 69).
Esa es la primera capa, la esencial, de la destrucción del primer chakra colectivo. Sobrepuestas a ella, están todas las formas de destrucción material: voladura de edificios, racionamiento de alimentos, invasión de hogares, purgas masivas en centros de trabajo, sanciones económicas a familias enteras, prohibiciones de ejercicio de ciertos empleos o profesiones (Tusell, Vol. 3, p. 79). El efecto de todo ello es el de la generalización del miedo y la cronificación, en diferentes grados y formas, durante décadas, de sus efectos inmediatos: la hipervigilancia, el estrés continuo, la inhibición y el consentimiento forzado primero y pasivamente otorgado más tarde. España estuvo en estado de guerra, es decir, bajo jurisdicción militar, hasta abril de 1948, de modo que es no solo correcto, sino también literal, hablar de continuación de la guerra después del fin de la guerra.
El segundo chakra está centrado en la otredad, en la consciencia de las dualidades, por un lado, y en las sensaciones y emociones. La conjunción de ambos elementos se da en la necesidad de relacionarse con otros en función de las necesidades emocionales. Ese relacionarse incluye el disfrute y el movimiento emocional y físico. Según Anodea Judith y Selene Vega, el principio rector del segundo chakra es la atracción de los opuestos (Judith y Vega, p. 92), por la que elegimos según las preferencias basadas en nuestros sentimientos y deseos. En el desarrollo inicial de la persona, la energía de este chakra necesita del contacto protector, pero no invasor, de progenitores y otros adultos. A la vista de esto, puesto que el Estado es una proyección de la figura progenitora, es fácil comprender el efecto devastador de la Guerra Civil y la dictadura sobre este chakra.
La Guerra Civil creó una vida cotidiana en completa ruptura social y extrema polarización de los esquemas relacionales. Desde el primer momento de la rebelión, y por efecto, sobre todo, de la brutal represión desencadenada en ambos bandos, se fue extendiendo la incertidumbre, la inseguridad, el miedo en cuanto a la expresión del propio sentir y las relaciones con otras personas: ¿en quién confiar? ¿con quién relacionarse? ¿cómo relacionarse? ¿quién confía en mí?, eran preguntas para las que dejó de haber respuestas claras, certeras y duraderas. El pavor a las denuncias confidenciales provenientes del entorno próximo y la práctica de los “paseos” en los dos bandos, alimentaron el miedo a hablar, reaccionar, expresarse y relacionarse, así como el miedo a salir de casa y, también, a estar en casa.
El miedo es un factor clave para entender lo que ocurrió en la Guerra Civil, porque siempre es la raíz de toda forma de oscuridad, incluido el odio. La guerra incrusta permanentemente el miedo en todo el sistema energético de las personas y distorsiona la capacidad de sentir equilibradamente otros sentimientos. El martilleo de la propaganda ideológica convierte el miedo en verdad indiscutida y razón para el odio, vivido como una irrefrenable fuerza para la búsqueda de la autoprotección y la supervivencia misma. Por eso, es imprescindible tomar consciencia de que la Guerra Civil española no fue el resultado de una lucha ideológica, ni de una extrema confrontación política, ni de una confrontación de dos modelos de sociedad. Esos factores actuaron a la vez como derivados del miedo y generadores de odio hasta llegar a un punto que solo se puede describir como patológico: la Guerra Civil fue resultado de un estado de embrutecimiento colectivo en el que los controles internos saltaron por los aires en el suficiente número de personas como para no encontrar la forma de revertirlo, no ya durante los tres años de la guerra, sino durante décadas después de ella para algunos sectores de la sociedad.
Además de la distorsión de todo el sentir de la persona, el miedo crónico y el odio rampante contribuyen al acallamiento de la individualidad, que no consigue reconocerse a sí misma ni expresarse libremente, arrasada por el fenómeno del groupthink, en virtud del cual los individuos suspenden la atención a su propio sentir y pensar para preservar la cohesión del colectivo en el que están inmersos, el cual puede constar de un número variable de personas, desde una gran masa de individuos hasta una banda de tres. En un entorno así, quienes llegan a expresar sentimientos o pensamientos, o ambas cosas, que queden fuera del guión colectivo repetidamente reproducido, se arriesgan a sufrir represalias, como ocurrió durante la guerra, sobre todo, aunque no solo, en el bando de los sublevados, en el que el dolor y la queja ante la represión se expresó, mayoritariamente, en diarios personales privados, debido a la férrea censura imperante en canales de expresión públicos (Tusell, Vol. 2, p. 320).
Los ataques sistemáticos al segundo chakra continuaron como parte de la represión durante la posguerra. La vigilancia constante del comportamiento de las personas, sobre el que se generaban informes habitualmente, llevó a penalizar la discrepancia, el derrotismo, la moralidad dudosa y la falta de expresión de una adhesión explícita y entusiasta al régimen. Al mismo tiempo que se prohibían y penalizaban unos sentires y se imponían por la fuerza otros, se atentaba contra las necesidades relacionales básicas de las personas, mediante medidas tan traumáticas como la expulsión de familias enteras de sus poblaciones de residencia o la presión que llevó a cientos de miles de españoles a exiliarse. También en este aspecto la Guerra Civil superó a todos los enfrentamientos anteriores por el elevado número de exiliados y la larga duración de su alejamiento para muchos.
De mi libro Adolfo Suárez González. Una semilla plantada, que saldrá a la venta el 25 de septiembre publicado por Editorial Uno.
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