24 de octubre de 2024, día de mi cumpleaños: por qué una mesa de diez para mí solo
Desde que me separé en septiembre de 2023, cada año, para mi cumpleaños, el 24 de octubre, me invito a una excelente comida en un restaurante vegano. Hoy lo he hecho también. El año pasado y el anterior fui a Verdeando, un estupendo restaurante vegano en Denia. Hace dos años, el 24 de octubre de 2024, fui allí por primera vez sin saber nada de ese sitio. Después de lo que viví en él, supe perfectamente por qué había sido guiado hasta allí.
Cuando llegué, había dos mesas disponibles. Una era una mesa normal, con cuatro sillas, puesta junto a la puerta de entrada del restaurante. La otra estaba en una sala contigua, cubierta, pero era una mesa muy larga, para diez comensales. La persona que me recibió me dijo que podía ocupar cualquiera de las dos porque no tenían ninguna reserva más para ese día, y me ofreció la mesa larga. Cuando me mostró la sala y vi la mesa, sentí un doble movimiento dentro de mí. Una parte de mí sintió la llamada de la sala y una sensación de vértigo que ya conozco. Otra parte de mí activó la voz de la mente inferior y generó la excusa de “no quiero ocupar una mesa tan grande yo solo”. La insistencia de la mujer que me recibió me dio los segundos necesarios par aignorar esa voz y responder a la llamada. A la sala se accede desde la pequeña terraza en la que está la mesa individual, y a esa pequeña terraza se accede por la puerta de la verja, asegurada con un enorme cerrojo, en la que hay un cartel que informa de que solo trabajan con reserva. Cuando escribí esto en mi diario, tres días después, supe que aquel lugar era un castillo y, a la vez, un templo. La mujer que me recibió era afable, muy amable, y estuvo atenta a mis vaivenes hasta que escogí la sala grande. Dentro me atendió un hombre, que fue con quien me relacioné hasta que me fui. A ella no volví a verla, como si ya no estuviera allí.
Me senté en una de las dos cabeceras de la mesa y, en cuanto lo hice, supe que me había sentado en la Silla del Rey. El hombre se acercó, puso ante mí el salvamesa y me dijo: “a esta mesa la llamamos la Mesa de la Concordia”. Me quedé clavado en la silla o, mejor dicho, en el trono. Había empezado a escribir el libro sobre el Contrato de Alma de Adolfo Suárez González en el mes de noviembre de 2023, y en octubre de 2024 estaba sumergido de lleno en esa tarea, decidido a llegar hasta el final, pero diciéndome, a veces, que me iba a costar mucho trabajo. En ese momento, había escrito ya el borrador del capítulo en el que explico el significado simbólico del Templo de la Concordia como uno de los arquetipos colectivos que Adolfo Suárez González activó una y otra vez a lo largo de su carrera política.
En torno a la mesa había cuatro sillas a cada lado, y dos sillones en las cabeceras. Me acerqué a una de las cabeceras y dudé entre sentarme en la primera silla junto al trono, o sentarme en el trono. Fueron apenas unos segunods, pero fueron suficientes para que sintiera dentro de mí la diferencia del impacto energético de las dos posibilidades. Sentarme en la silla correspondía a mi yo antiguo, inseguro y empequeñecido por encogimiento: sentarme en esa silla expresaba contracción y regresión. En cambio, sentarme en el trono era expansión y propulsión, y correspondía al rey. Desde que entré en la sala supe que ese sillón era un trono y que estaba ahí para que yo decidiera ocuparlo o dejarlo vacante. La diferencia entre el impacto de una energía y otra fue clarísima y, en cuanto la sentí, desapareció la silla como opción: me senté en el trono sabiendo que era eso lo que estaba haciendo, sintiendo claramente que quería hacerlo y que había llegado el momento de hacerlo.
En cuanto me senté, sentí como si dentro de mí se rompiera un caparazón y un yo mío más grande surgiera y recogiera una fuerza que iba creciendo por segundos. Volvieron a mí las palabras que había oído en Valencia unas pocas semanas atrás, el miércoles 9 de octubre: “Es el retorno del rey”, que se me mostraban ahora como el anuncio de este momento en que ocupaba ese trono en esa sala de ese castillo, hasta el cual había sigo guiado. En los relatos medievales, los castillos y otros espacios siempre son reales energéticamente y también físicamente, incluso los que son presentados de formas y con características que a la mente posterior al medievo le parecen simplemente fantasiosas. De la misma forma, son reales energética y físicamente seres diferentes de los humanos, como enanos, gigantes y hadas, por ejemplo, seres que suelen ser atribuidos a la fantasía creadora del folclore popular, pero que no eran ficción, sino realidad tangible. Esos seres y espacios se muestran o se hacen visibles pra quienes deben verlos, como le ocurre a Perceval con el castillo del grial, en Le conte du graal de Chrétien de Troyes: “Entonces vio delante de sí, en un valle, la parte más alta de una torre que apareció.” Ahora, los Castillos, Templos y otros espacios de Luz no son perceptibles físicamente para la inmensa mayoría de humanos, pero sí energéticamente. La vivencia interior que tiene lugar en ellos, junto co la toma de consciencia respecto a esa vivencia, son las que permiten identificarlos, reconoerlos. Esa es la esencia de la supuesta locura de Don Quijote, en quien se reaviva esa capacidad perceptiva. En un principio, el propio Cervantes lo muestra como caricatura risible, pero esa visión acaba transformándose.
Debía de llevar sentado apenas dos minutos, cuando empecé a sentir una emoción que venía de un lugar muy profundo. Tenía que ver con el impacto que estaba sintiendo en relación con haber ocupado el trono, y también con la sensación de que iba a pasar algo. Es una sensación que conozco bien y la reconozco de inmediato. No es posible describirla fielmente con palabras, pero sí lo es dar una idea aproximada de cómo es: parece una extraña mezcla de vértigo y un inminente ataque de ansiedad que no llega a desencadenarse, junto con un miedo a algo desconocido que está a punto de ocurrir. En este caso, lo que iba a ocurrir era que empezarían a hacerse presentes varios seres, varias almas, que irían ocupando las nueve sillas restantes en torno a la mesa, esa que ya sabía que se llamaba “la Mesa de la Concordia”.
Cuando empecé a sentir que algo iba a ocurrir, tenía la cabez inclinada, con la mirada baja, concentrado en todo lo que estaba percibiendo y sintiendo. Empezó la sensación y levanté lentamente la mirada. Frente a mí, al otro lado de la mesa, en el sillón del otro extremo, sentí la llegada de la presencia, del alma de Adolfo Suárez González. La vi tenuemente con el ojo interior. Se sentó y me miró, sonriente, relajado, casi divertido. Me miraba con una energía de pregunta expectante y de tú a tú. Esa sensación la percibí y penetró en mí claramente. La sentí con tanta claridad y tanta fuerza que la fui interiorizando, integrando, y me sentí creciendo con ella, mientras le miraba, también sonriente, y le decía cosas que se iban despertando en mí: “lo voy a hacer, presidente, lo voy a terminar, no te preocupes”; “muchas gracias por todo lo que hiciste, y por estar aquí”. Cada vez que me dirigía a él, sentía que recibía como respuesta una energía de despreocupación y alegría, que a mí me llevaba a irme sintiendo en una comunicación de tú a tú, entre iguales: de rey a rey. Fue el comienzo de un rito de investidura en el que participaron todos lo seres que fueron apareciendo, y diferentes partes de mí a través de todos y cada uno de ellos. Al final de ese rito, sentí una fuerza interior, un empuje, un poder, que no había sentido antes. Era un poder que estaba en mí y en el nosotros, en la configuración energética que allí se consteló.
Después del presidente, vinieron los demás, uno a uno. El primero de ellos fue mi tío Juanito, parte de mi conexión energética directa con Adolfo Suárez. Junto a él, Pascual, mi profesor de latín y padrino de boda, quien, en 2019, se hizo presente para llamarme la atención sobre el hecho de que aún no había empezado el libro. Después de Pascual, aparecieron mi madre y mi padre, serenos y un tanto ausentes, como si fueran más espectadores que participantes. A mi tío no necesité decirle nada; sentí su fuerza y la sentí también como mía. Saludé a Pascual, que estaba risueño y juguetón. A mis padres los miré y recibí con un amor inmenso, lleno de agradecimiento por todo.
Continuaron llegando por mi izquierda. Mi hermano en la segunda silla, y las dos últimas, vacías. Me desconcertó un poco, pero dejé de prestar atención a eso cuando reparé en que no había nadie entre mi hermano y yo, pero sentía que ya había alguien, aunque aún no sabía quién. En cuanto me di cuenta de esto, vi a la persona que estaba sentada allí. En el primer momento, supe que era una mujer; de inmediato, supe de quíen se trataba: mi tía Dorín, mi madrina. De ella tengo solo un recuerdo. Yo era un bebé y ella me tenía en sus brazos, acostado en su brazo izquierdo, y me miraba y me hablaba con mucho amor. En la mano derecha tenía un tazón azul con lunares blancos. Sentí el impulso de extender mi mano hacia ella porque sentí que ella hacía lo mismo. Estuvimos así unos minutos, en los que me sentí desbordado por la emoción. Supe, y sé, que quería transmitirme un mensaje, pero no llegué a discernir qué era hasta dos días después.
Las dos sillas vacías eran para dos niños. Junto a mi hermano, el hijo que mi última pareja y yo no tuvimos porque no llegó a nacer. A su lado, mi hermano mayor, el primero, el que nació muerto.
Han pasado dos años, y ese encuentro todavía me muestra capas de lo que todas esas almas vinieron a decirme o mostrarme.